
Sólo los que se atreven a escalar, y subir cada día más alto, enfrentarán resbalones, caídas, errores, dificultades… incluso muerte. No aquellos que se paran en un agradable valle de semiluz donde la vara y el cayado de Dios son benévolos y no demasiado exigentes. Es como tener un hijo deficiente mental, que siempre es niño. Pero no porque haya nacido así, sino porque ni come ni bebe, ni se renueva… y cría ranas espirituales. Eso sí, en una charca bien ajardinada, con palacetes de oro y riberas aterciopeladas de verde claro.
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