AVARICIA
July 7th, 2010 | faith issues / cuestión de fe, personal, various / varios | Comments (1)“La avaricia me vicia” es el primer slogan de una cadena de tiendas de electrónica de cuyo nombre no quiero acordarme, seguido por otro igual de lúcido: “Camino a la avaricia”. Nunca he visto expuesto de una forma tan clara y evidente el verdadero propósito del consumo: dejarnos llevar por el puro e incontenible deseo de poseer.
Onassis dijo: “Cuanto más posees, más te das cuenta de que no posees nada”.
Philip K. Dick, el visionario escritor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? describe un mundo futuro donde los humanos desean poseer animales auténticos o copias artificiales casi idénticas, ya que apenas existen animales vivos. El personaje principal es capaz de gastarse una fortuna (el precio de haber liquidado al primer androide de la lista) en el primer pago de una cabra auténtica, entrampándose por años hasta terminar de pagarla. Este lúcido libro refleja la necesidad del ser humano de tener más como la gran diferencia con los androides, que no entienden tal necesidad y la desprecian. Uno de ellos se encargará de liquidar la lujosa posesión de Rick Deckard. Éste es uno de los temas centrales del libro que sirvió de inspiración a Ridley Scott para la película Blade Runner, y que explica el raro título del libro. Aunque en esta magnífica película no se hace referencia ni en un momento al tema. Dick pudo ver partes del comienzo de la película y le gustaron, pero murió antes de su montaje final y exhibición pública. De haber estado vivo, estoy seguro que se habría quejado de la libertad del cineasta para interpretar su libro. Aunque, al margen de dichas licencias, Blade Runner es una obra maestra del cine contemporáneo.
“Cuánto tienes, cuánto vales” es un viejo refrán que nos ilustra la necesidad de aparentar más que ser. De hacer ver a los demás que tienes más, eres más guapo o más inteligente que los otros. Porque la raíz de este problema es la comparación con los demás. Se une aquí a la codicia, la envidia y otros “pecados capitales” definidos por la Iglesia Católica y en los que ésta ha incurrido con gravedad a través de la historia. Basta echar una mirada a la historia de los Papas y del Vaticano.
Hace no tantos años las necesidades básicas del ser humano eran tan mínimas que la felicidad se resumía a tener una manta con que cobijarse en invierno, un par de mudas de ropa y poder comer cada día. Nuestros padres vivieron los años posteriores a la Guerra Civil española, las cartillas de racionamiento y el hambre si habías pertenecido al bando perdedor. Mi familia vivía en un cuarto piso de 40 m2. Éramos cuatro hijos viviendo en un quinto piso de tres habitaciones sin ascensor. Mis dos hermanas dormían en un pequeño cuarto, mientras los varones dormíamos en otro más pequeño aún. Todas nuestras pertenencias cabían en un baúl y en los dos armarios que había en el piso.
Nuestro actual “Estado del Bienestar” nos obliga a consumir tal cantidad de objetos de poca o nula utilidad que, aunque hagamos un esfuerzo por no comprar más de lo necesario, nuestras casas se encuentran repletas y necesitamos trasteros y garajes para meter todo lo que se queda anticuado o pasado de moda. Nuestra ropa anticuada se convierte en objeto de beneficio para sociedades casi benéficas que se enriquecen vendiéndola al tercer mundo. Si nosotros pertenecemos al primer mundo, ¿cuál es el segundo? Esto no parece estar muy claro. Mi opinión es que la gran mayoría del mundo opulento pertenece al segundo mundo. El primer mundo son los que pertenecen al menos del 1% de la población que viven de tal forma su ostentosidad que son un insulto al resto de la humanidad. La frase hecha más común de un ateo es: “Si Dios existe, ¿por qué permite que haya tanta hambre en el mundo”; podría sugerirles una mejor: “¿Por qué permite que un yuppie de Nueva York se gaste en unos minutos 6000 dólares en un traje nuevo mientras que con ese dinero se podría alimentar a tanta gente que muere de inanición?”.
Dios nos hizo libres de decidir entre el bien y el mal, y ninguno estamos exentos de tal responsabilidad. Cuando elegimos el camino sin final del consumo y la avaricia, estamos eligiendo satisfacer nuestras mezquinas y egoístas necesidades al margen de una mayoría de la población del planeta que muere por falta de medicinas o de comida o agua potable. Y esto sin hablar del derecho a la educación, la igualdad y la libertad… grandes palabras de la Revolución Francesa que fracasaron antes de ser pronunciadas.
El hombre necesita más porque cada vez tiene menos. Menos valores, menos principios que sostener, menos objetivos que alcanzar, menos ideales por los que luchar, menos fe en sí mismo y en el Creador. Y tan grande se hace el agujero que nada que se pueda comprar lo puede llenar. Pero tampoco lo llenan las grandes acciones, las suscripciones a Amnistía Internacional o la lucha de unos pocos por dar dignidad a los pobres y necesitados.
Tan grande es el vacío que ni la fe en Dios lo puede llenar. Los que creemos en Dios y en el más allá nos encontramos con que necesitamos también un buen coche y buena ropa de marca para llegar allí. Incluso la lápida deberá hablar de lo que logramos. ¡Qué gran paradoja! son las tumbas las que mejor hablan de la miseria y decadencia del ser humano. Basta ver las pirámides de Egipto (tumbas al fin y al cabo) para comprender que el inapelable reloj del tiempo termina por destruir todas las riquezas y posesiones de este mundo y convertirlas en hermosos restos arqueológicos.
Y no estoy pretendiendo adoptar la moda de cocinar a fuego lento durante 10 horas lo que se cocina en 10 segundos en un microondas, ni de tirar la televisión a la basura para aprovechar esas preciosas horas en leer un buen libro. Ya no podemos retroceder tanto ni es necesario privarnos de las comodidades de nuestro siglo, como tampoco nuestros antepasados se libraron de las del suyo. Hablo de ser conscientes de nuestro valor como personas al margen de lo que tengamos o no. Hablo de nuestro sentimiento de realización personal al margen de nuestro título en la empresa o de nuestros éxitos profesionales. Hablo de caminar con la cabeza alta, incluso entre esos pobres que lucen todos los lujos y operaciones de estética que su dinero les permite. Porque eso es lo que son: pobres infelices que caminan con la ayuda de veinte muletas y que son incapaces de dar un paso sin ellas.
Y esto no tiene que ver con cuánto se tiene. Puedes ser un rico sabio que compartes con generosidad lo que te sobra. O puedes ser un pobre necio intentando aparentar que tienes más de lo que en realidad tienes y viviendo de la tarjeta de crédito para sentirte “alguien”.
En la parábola del sembrador, Jesús habló de aquellos que recibían la semilla con alegría pero después, la ansiedad y el deseo de las riquezas, les hacían quedarse sin fruto. (Mateo 13:22). En el Nuevo Testamento, ésta es la única parábola que Jesús explicó; y sólo a sus discípulos. En el versículo 14, es él mismo el que dice estas duras palabras: “al oír oiréis, y no entenderéis; y viendo veréis, y no percibiréis”. Porque nuestros sentidos están embotados por lo que nos rodea y somos incapaces de ver y escuchar lo que realmente nos conviene. Necesitamos el colirio de la verdad para que nuestros ojos se abran y podamos ver; y el bastoncillo de la honestidad para limpiar nuestros oídos y poder escuchar lo que nos conviene: Que no somos parásitos sino humanos; que no perdemos nuestro valor porque perdamos un trabajo, que cuanto menos tenemos, más somos; que cuanto más compartimos, más recibimos; que cuanto más perdemos más ganamos…
…Porque uno lo perdió todo por amor y es el que se sentará en el gran trono al final de esta historia que estamos viviendo.
© Manuel Ordax. Photo: inkpark/photocase
© ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheeps?). Philip K. Dick (1968) Edhasa / Pocket. También disponible en Amazon para kindle, en inglés
Para conocer más sobre Philip K. Dick y su libro

Muy buen artículo!! Muchas verdades que nos hacen reflexionar y pensar.
Gracias por compartirlo!