EXPECTATIVAS / EXPECTATIONS
January 27th, 2010 | faith issues / cuestión de fe, personal | Comments (3)Me encierras con tus expectativas,
me encierras con tus expectativas.
Perdiendo la presión con la que me obstruyes,
no puedo respirar,
no puedo respirar.
Expectations (© Leslie Phillips, “The turning”)
Somos prisioneros de una constante expectativa. Esperamos que el autobús llegue a tiempo, que nos llegue el turno para pagar en el supermercado, que el jefe reconozca nuestro esfuerzo y nos suba el sueldo, que nuestro cónyuge reconozca nuestros méritos, que nuestros hijos nos agradezcan la dedicación, que nuestros amigos nos llamen por teléfono, que cobremos una deuda pendiente, que Dios nos visite y nos diga eso de “Muy bien, hijo mío…”.
Esperamos y esperamos, en definitiva, que sucedan las cosas que nos gustaría que ocurrieran pero que, por diferentes motivos, no suelen hacerse realidad.
La sociedad de consumo nos rodea con su abrazo pegajoso y convincente. Sólo con estar expuestos media hora al televisor con su dosis de anuncios, somos trasladados a un mundo deformado. Un lugar donde necesitamos urgentemente comprar un coche más nuevo para ser admirados en la sociedad, vestir cierta marca para proyectar una buena imagen, usar tal crema para rejuvenecer las arrugas del tiempo, operarnos en cierta clínica para tener un vientre plano, o más pecho o más pelo o los dientes más blancos… Inconscientemente dejamos que esos pensamientos, no filtrados, se queden y ocupen un lugar en nuestra lista de expectativas. ¿Por qué no? Siempre puede llegar un día en que nos toque el cupón o la lotería… y hagamos realidad nuestros sueños.
Porque todos tenemos derecho a soñar. Y quizá aquí llegamos al punto más quebradizo de este esquema fatídico. ¿Quién no sueña con hacer un viaje a un país lejano, dormir en una habitación de hotel lujoso, comprar una joya valiosa o conducir un deportivo? ¿Qué hay de malo en soñar?
Mientras dejemos que estos sueños permanezcan en nuestra lista de deseos, les estamos dando derechos para controlar nuestras emociones. Les dejamos que nos hagan sentir infelices o no realizados cuando no se cumplen.
Y todas estas expectativas se convierten en candados que nos van encerrando en una habitación oscura, de donde sólo podremos salir con una llave, la del dinero. Asi que nos vemos obligados a ganar dinero, como sea; a conseguirlo incluso de forma ilícita o pagando el precio de ignorar nuestra salud o las necesidades de nuestros seres queridos. El dinero es lo único que nos podría hacer felices, cuando lo tengamos llegaremos a sentirnos realizados y completos, podremos dejar de trabajar para dedicarnos a lo que realmente nos gusta… ¿Es cierto? Si analizamos a las personas que han recibido una gran cantidad de dinero inesperadamente, descubriremos todo lo contrario. No sólo no se han liberado de cadenas, sino que se han echado encima un buen montón más: comprando un coche que les obliga a pagar más impuestos, una casa en un barrio donde si quieren ser aceptados tienen que mantener un nivel abusivo de gastos, sosteniendo un nivel de vida tan alto del que difícilmente pueden bajar sin sentirse fracasados… En definitiva, son más esclavos que cuando pertenecían a la clase media con sueños de éxito.
La Biblia nos dice:
“Dios está harto de los orgullosos. Él se deleita en la gente normal. Así que estad contentos con quien sois, y voléis por los aires. La poderosa mano de Dios está en ti. Él te levantará a su tiempo. Vive despreocupado delante de Dios, porque Él tiene el máximo cuidado de ti”. 1ª Pedro 5:6-7. Traducción libre de The Message
Y estos pasajes son de una actualidad irresistible. Es un mensaje tan radicalmente opuesto al de nuestra sociedad de consumo, que apenas podemos entenderlo. Eso de “Estar contentos con nosotros mismos seamos como seamos” no sólo significa aceptarnos como somos (con más o menos defectos) sino aceptar nuestra situación, nuestro físico, nuestras limitaciones, nuestro trabajo o falta de trabajo…
…Aceptar, completamente, la situación presente como lo que nos toca vivir, con naturalidad, sin culpa ni amargura.
La poderosa mano que muchas veces nos hace agonizar rodeados de dificultades es la misma que tiene el control absoluto de nuestra situación y, a su debido tiempo, nos levantará. Si Dios nos cuida con suma dedicación y esmero, ¿qué nos preocupa? ¿Qué problema no tiene solución? Y si no la tiene, ¿para qué afanarse entonces?
Pero el hecho de despreocuparnos significa perder el control de la situación. Mientras lo hacemos, parece que estamos haciendo algo por solucionar los problemas. Dejar de hacerlo nos dejaría vacíos. Y, al mismo tiempo, no nos terminamos de creer que Dios —con lo ocupado que debe estar— pueda tener control sobre mi situación en todos los detalles. Si a esto lo llamáramos falta de fe, nos sorprenderíamos; pero eso es lo que es: falta de confianza en Dios.
Si alguien interpreta estas palabras como una excusa para echarse en la cama y dejar de esforzarse día a día, es que no ha entendido lo esencial. El esfuerzo, el trabajo, el llamar a las puertas que se nos presentan y hacer todo lo que esté en nuestra mano es a lo que somos llamados. Pero hay una diferencia notable entre hacerlo pensando que de ello dependemos completamente (y que nuestro futuro descansa sobre la frágil base de nuestro esfuerzo), o hacerlo sabiendo con certeza que Dios actúa según su conocimiento de todas las cosas y su buen plan para nosotros. Él sabe usar nuestro esfuerzo, nuestros dones y nuestra capacidad para bordarlos en el tapiz que está tejiendo en nuestra vida. Nuestro trabajo no es en vano, pero al final el artista es Él. ¿Y quién si no? ¿Quién puede hacerlo mejor? La comparación sería como entre un dibujo de un niño de 3 años y la Capilla Sixtina.
Mi ansiedad está formada por un montón de expectativas de muy difícil cumplimiento. Y mi descanso está basado en la autoridad y sabiduría del que hace las cosas mejor que nadie. Es más, nuestra ansiedad ocupa tanto espacio en nuestra mente que con frecuencia impedimos que Él desarrolle su plan con libertad. Porque siempre, como amable consejero, respeta nuestras decisiones por más necias que éstas sean. Si decidimos contraer el gesto en un amargo rictus de preocupación, las arrugas rodearán nuestro rostro. Si nos relajamos en su presencia de una forma cotidiana, nuestro gesto distendido reflejará una mayor sabiduría, la del que no depende de lo que tiene o de lo que demuestra ser para estar satisfecho.
Quizá entonces llegue su mano para ponernos en alto. O puede que ocurra lo que esperamos, o que no. Pero, ¿qué importa ya? Nuestro tiempo, nuestra salud, nuestro dinero, nuestras expectativas ya no nos pertenecen. Estamos en las manos del gran cuidador. El que no pierde detalle y sabe perfectamente lo que necesitamos en cada momento.
¿Nos atreveremos a creer? Es algo parecido a tirarse al vacío… pero con red.
© 2010 Manuel Ordax. Photo: joexx / Photocase

Me hicieron bien tus palabras, quizás estaba dejándome atrapar excesivamente en mis perspectivas, en mis expectativas, en mis paredes que ,aunque a veces son transparentes, no dejan de ser obstáculos para que circule el soplo de Dios.
Deduzco que creer tiene dimensiones que aún me son ajenas. Tendré que tomar aire y sumergirme en ellas hasta descubrir que también tengo branquias.
Gracias por compartir tus pensamientos.